Cómo cortar las uñas de tu perro o gato sin lastimarlo

Manos cuidando con ternura las uñas de un perro tranquilo y confiado en un hogar mexicano, con la frase Cuidar sus patitas también es amarlo y la marca Yumkapet

Casi todos los dueños que dejaron de cortarle las uñas a su mascota cuentan la misma historia: una vez cortaron de más, salió sangre, el animal gritó, y desde entonces nadie quiere volver a intentarlo.

No es una impresión: es medible. En un estudio publicado en Applied Animal Behaviour Science, 35 perros fueron monitoreados con banda cardiaca y grabados en video durante un corte de uñas estandarizado. El 45.7% forcejeó de manera excesiva o llegó a la agresión en al menos una uña, y casi uno de cada tres (31.4%) ya había sufrido un corte doloroso antes. Su ritmo cardiaco subió de 97 latidos por minuto en reposo a 122 durante el corte. Son 35 perros en una clínica simulada, no la última palabra; pero le pone número a algo que cualquiera reconoce al ver a su perro esconder la pata: para muchos animales esto no es un trámite, es un susto.

La buena noticia es que casi todo ese susto es evitable. Y lo que hay que cambiar no es el cortauñas: es el método.

Por qué hay que cortarlas (y un mito muy repetido)

Quizá ha leído —lo decía también la primera versión de este artículo— que las uñas largas arruinan la pisada y desgastan las articulaciones. Suena lógico, y justo por eso hay que decirlo con claridad: la única medición directa que encontramos no lo respalda. En 2026, Häusler y Söhnel analizaron en una caminadora con sensores de presión la marcha de siete perros sanos antes y después del corte —137 pruebas de locomoción— y no hallaron diferencias en longitud de zancada, duración del apoyo ni fuerzas de reacción del suelo. Los autores incluso proponen invertir la explicación: la uña larga podría no ser la causa de una pisada alterada, sino la consecuencia de que el animal camina poco y nada se la desgasta.

Siete perros sanos y un análisis retrospectivo son muy poca evidencia para cerrar el tema, y los propios autores lo señalan como limitación. Pero es lo que está medido, y preferimos decírselo tal cual antes que repetirle una frase bonita.

Lo que sí está documentado es peor que una pisada fea:

  • La uña que se encarna. Cuando crece de más se curva sobre sí misma. La almohadilla forma un callo para defenderse y, si la uña sigue creciendo, termina perforando la almohadilla: duele, se infecta y supura. En gatos el riesgo se concentra en los mayores —sobre todo con artritis, diabetes o hipertiroidismo— y en los que casi no rascan ni corren, porque nada les desgasta la uña. Las señales son cojear, lamerse una pata más de lo normal y, cuando ya hay infección, pus e hinchazón.
  • El espolón. Es esa uña que va más arriba en la pata y nunca toca el piso. Como no se desgasta, es la que más problemas da: puede quedar atrapada y desgarrarse, o crecer de vuelta hacia la almohadilla o la pierna.
  • Una uña rota llega al hueso. El tejido vivo de la uña —la famosa vena— está unido al hueso del dedo. Por eso una uña partida hasta la base no es un raspón: es una puerta de entrada para una infección en el hueso, que es cosa seria.
  • El miedo que se acumula. Un corte doloroso enseña, y la lección dura años. Ese tercio de perros con un mal antecedente es la razón número uno por la que después ya no dejan ni que les toquen la pata.

Y la señal práctica de siempre sigue sirviendo, aunque ahora la digamos con más cuidado: si escucha el tac tac de las uñas cuando su perro camina en piso duro, la uña ya llega al suelo. Eso no prueba que le esté dañando la cadera, pero sí que ya le toca corte.

La vena de la uña, que es el verdadero miedo

Dentro de cada uña hay tejido vivo con vasos sanguíneos y nervios, cubierto por la capa dura de queratina. En inglés le dicen quick; aquí le decimos simplemente la vena. Cortar ahí sangra y duele, y como está unida al hueso, además hay que cuidar la limpieza.

En uñas claras se ve a trasluz como una línea rosada y basta con cortar unos milímetros por delante de ella. El problema son las uñas negras, donde no se ve nada. Ahí el camino que recomiendan los veterinarios es este: en lugar de un solo corte, ir rebajando lasquitas mínimas de la punta hasta encontrar el punto donde hay que parar. Cuando al mirar el corte de frente aparece un puntito oscuro en el centro, ahí empieza el tejido vivo: deténgase.

La herramienta puede ayudar. Nuestro cortauñas con luz LED está diseñado para iluminar la uña desde abajo y transparentarla, y la lima eléctrica de uñas desgasta la punta poco a poco en vez de cortarla de golpe —que es exactamente el método de las lasquitas mínimas— y además redondea el borde. Con honestidad: en uñas muy gruesas o muy oscuras la luz puede no alcanzar, y hay perros a los que el zumbido de la lima les molesta más que la tijera. Ninguna herramienta reemplaza la regla de fondo, que es cortar poco y seguido, y no le vamos a prometer resultados de un producto que todavía no hemos probado nosotros con una muestra en mano.

Sobre una frase que se repite en casi todas las guías de estética —que la vena se retrae si uno corta seguido—: no encontramos un estudio veterinario que lo mida, así que la dejamos como lo que es, práctica común sin evidencia publicada que podamos citarle. Lo que sí está recomendado por fuentes veterinarias es lo otro: poco y con frecuencia.

Cada cuándo, con cifras

  • Perros: alrededor de una vez al mes. Si su perro camina seguido en banqueta o concreto, la superficie dura le lima la uña y puede necesitar menos; si casi no sale, cada tres semanas.
  • Gatos: cada una o dos semanas. Gatos de interior, gatitos y gatos viejitos necesitan más seguido, porque nada les desgasta la uña.
  • La regla que manda sobre el calendario: si al apoyar la pata la punta de la uña toca el piso, ya toca corte.

Cómo hacerlo sin pelea: el método de los pasos diminutos

Lo que usan los veterinarios para esto tiene nombre: desensibilización y contracondicionamiento. Traducido: partir el proceso en pasitos minúsculos y pagar cada pasito con algo delicioso, hasta que la mano en la pata deje de anunciar algo malo.

  1. Primero la pata, sin cortar nada. Durante varios días, tóquele las patas cuando esté tranquilo, sepárele los dedos y premie. Use un roce que se desliza, no un agarre: la pata es zona sensible por naturaleza. Sesiones cortísimas: para algunas mascotas, quince segundos es suficiente.
  2. Presente la herramienta apagada. Sáquela, déjela ver, premie, guárdela. Si usa lima eléctrica, enciéndala unos segundos a distancia y premie sin acercarla. Así la herramienta se convierte en la señal de que viene el premio.
  3. Una sola uña por sesión. Suena exagerado y es la clave: una uña, premio, se acabó. El resto, en otro momento del día o al día siguiente.
  4. Lasquitas, no tijeretazos. Corte siguiendo la curva natural de la uña, de arriba hacia abajo, nunca de lado: de lado se aplasta la uña en vez de cortarse. Dos milímetros por vez.
  5. No olvide el espolón, que es el que más se encarna justamente porque nadie lo revisa.
  6. Aprenda a parar. Jalar la pata, jadeo, cola que se sacude, pupilas dilatadas, quejarse o intentar escapar son señales de estrés. Cuando aparecen, se suspende y se regresa a un paso más fácil. Y termine siempre con algo agradable, aunque la sesión haya salido mal: si el último recuerdo es el susto, la próxima vez será peor.

Este entrenamiento puede tomar unos minutos en algunas mascotas y varios meses en otras. Los meses no son un fracaso: son el precio de que no vuelva a sufrir cada mes durante los próximos diez años. El mismo método de pasos diminutos sirve para el cepillado, y lo contamos aparte en cómo cepillar sin que se convierta en pelea.

Si sangra

No es una emergencia, pero hay que actuar con calma.

  1. Envuelva la pata en gasa o una toalla limpia y haga presión sobre el dedo de 5 a 10 minutos, sin levantarla cada rato para ver si ya paró.
  2. Si tiene polvo hemostático, lápiz hemostático o barra de nitrato de plata, aplíquelo en la punta. Si no tiene nada de eso, sirve cubrir la punta con harina o polvo para hornear, o presionarla contra una barra de jabón.
  3. Cierre con premio y cariño. Sí, aunque haya sangrado: eso es justamente lo que evita que el próximo corte sea una pelea.

Gatos: cortar las uñas no es desungular

Conviene decirlo sin rodeos, porque todavía se ofrece como “solución” para los muebles. Desungular (onicectomía) no es cortar uñas: es amputar. La Asociación Médica Veterinaria Americana (AVMA) la describe como “una amputación quirúrgica” que “es un procedimiento agudamente doloroso y puede resultar en dolor crónico, conducta desadaptativa, discapacidad y mutilación significativa”, y desalienta enérgicamente que los veterinarios la realicen cuando no es médicamente necesaria.

Rascar tampoco es un vicio. La AVMA recuerda que “rascar es una conducta normal de los gatos”: acondiciona las uñas, marca territorio de forma visual y olfativa, le permite defenderse y le da estiramiento muscular. Lo que la AVMA recomienda en lugar del quirófano:

  • Superficies para rascar apropiadas: postes y tablas lo bastante altos para que el gato se estire completo. Un rascador plano u horizontal no cumple ese requisito, aunque le guste.
  • Corte de uñas frecuente, cada una o dos semanas.
  • Fundas para uñas, reemplazadas cada cuatro a seis semanas.
  • Entrenamiento con refuerzo positivo, y disuasores como cinta adhesiva o papel aluminio sobre la superficie que no quiere que use.
  • Y algo que ahorra frustración a media casa: el castigo no es un disuasor efectivo del rascado.

Cuándo ir al veterinario

  • El sangrado no se detiene después de 10 minutos de presión.
  • La uña quedó partida hacia la base, arrancada o colgando. Hay que retirar la parte dañada, casi siempre con sedación o anestesia local, porque el tejido vivo está unido al hueso y el riesgo real es una infección ósea.
  • La uña ya está encarnada en la almohadilla, o hay pus, hinchazón, mal olor, cojera, o su mascota se lame esa pata sin parar.
  • Varias uñas deformes, quebradizas o que se desprenden en distintas patas. Una sola uña dañada suele ser un golpe o una infección local; cuando son dos o más en varias patas, hay causas de fondo por descartar —parásitos, hongos, problemas inmunitarios o nutricionales—. Eso no se arregla con cortauñas.
  • Su mascota no permite ni que le toquen la pata, incluso después de semanas de pasos diminutos. Ahí toca pedir ayuda: existe medicación para la ansiedad o sedación ligera que permite hacer el corte sin trauma, y es una idea mucho mejor que sujetarlo a la fuerza.

Lo esencial

  • Casi la mitad de los perros forcejea o se defiende durante el corte y un tercio ya tuvo un corte doloroso: el miedo se aprende, y también se desaprende.
  • El motivo fuerte para cortar no es la pisada —eso no está demostrado—: es la uña que se encarna, el espolón y la uña que se rompe hasta el hueso.
  • Lasquitas mínimas, una uña por sesión, premio siempre, y parar en cuanto aparezca la primera señal de estrés.
  • Perros alrededor de una vez al mes; gatos cada una o dos semanas. Y si la uña toca el piso, ya toca.
  • A un gato no se le amputan los dedos para salvar un sillón. Hay camino, y empieza con un poste alto y un corte cada quince días.

Fuentes

Este artículo es información general de cuidado, no un diagnóstico. Si hay dolor, sangrado que no cede o duda razonable, quien decide es su veterinario.